Juega
siempre
A veces no tengo mucho que decir; a veces, en realidad, no tengo nada que decir. Fue José Saramago quien dijo que cuando no hay nada que decir mejor no escribir. Augusto Monterroso, por otro lado, categóricamente afirma en uno de sus mandamientos: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.
Simpatizo más con el capricho de Monterroso (aunque quizá para el portugués peque de vulgar). Y es así para mí porque escribir muchas veces se transforma en algo biológico, en una extensión obvia e irremediable del brazo y de la mente. La soledad de la escritura te compromete. El dulce vacío de una cabeza inquieta. Su aparente calma es el deseo de seguir escribiendo. Por eso escribo cuando no tengo absolutamente nada que decir (que perdone mi falta Saramago), porque no puedo escapar a la voluptuosidad orgánica de la escritura. No puedo callar a las palabras que -aunque obstáculos intelectuales para la sensorialidad- están allí siempre en espera: mudas especulando cuándo dar el zarpazo, o vivas y sonoras cuando están listas. Creando en su semi-ausencia (porque cuando son sólo palabras sin derrotero, tienen algo de silencio y ausencia) mundos sin que yo lo sepa. Ya está allí gestando algo aunque yo no lo imagine.
No se sabe cuándo escribir. Simplemente se escribe. A veces uno fuerza el silencio por esa necesidad biológica y termina saliendo mugre. Pero esa mugre es de uno, y quizá en ello resida su máximo valor. Cuando escribir se torna un trabajo (de esos mal pagos y exigentes) hay una magia que se pierde, una cuestión excelsa que se hace materia. Pero igual se escribe, acaso con una sonrisa desabrida, pero se escribe. Luego uno vuelve atrás la mirada y termina respetando, ya no la mugre o la perla, sino el esfuerzo. Porque escribir también es esfuerzo. Hay que sentarse en la silla. Hay que andar en la calle buscando la poesía de las letras. No la enteramente bella y pulcra, sino la fangosa y real, la que nace entre la gente, entre el barro y la tierra.
Cuando no escribo siento una culpa corrosiva, como si estuviera dejando que el tiempo vuele solitario. Entonces me siento con lápiz y papel a ver si hay perla o mugre. Pero nunca nadie te dice cuándo escribir. Sólo el cuerpo tiene ese don increíble. A veces la mugre se hace insoportable (digámoslo) y hay que parar, pero no siempre pasa. Uno es testarudo y sigue. En ocasiones se planean pasos a seguir, ordenamientos de palabras, de ideas, pero luego se abren múltiples caminos. Una palabra impulsa a otras, se arman familias extensas y de increíbles ramificaciones, y uno empieza a jugar. Por eso hay que escribir siempre. Porque con las palabras, con la energía de las sensaciones, uno nunca sabe qué juego hay preparado para nosotros. La química de las palabras y de los mundos incoherentes, aún sin determinar, nos excede.
La belleza está en sentarse, en preparar ese momento de la escritura. Ese instante en el que uno se pregunta (o siente que se pregunta) “¿qué quiero escribir?”. E inmediatamente le responde una palabra, o acaso un juego de palabras, una sensación que nace ante el papel blanco, un recuerdo de la calle.
Escribir en cualquier lugar, o en la comodidad de la casa; escribir angustiado o feliz; apurado o consciente. Pero siempre escribir. Como si lo que uno escribe fuese realmente único, algo poderosamente mágico. Hay que rendirse a la quietud que trae la escritura a medida que se gesta en la cabeza inquieta. Por eso, antes de escribir, hay que confiar. Hay que confiar en que las palabras y las sensaciones son las guías. Hay que creer que en ello reside toda suerte de oficio (aunque así no sea). Hay que dejarlas salir para luego intimarlas, buscarlas, hurguetearlas. Es decir, para jugar con ellas como se lo merecen. Porque si uno no escribe porque no tiene mucho que decir, no juega. Y si no juega, no vive. Quizá sólo respira.
Es necesario volver a buscar el juego, sentarse a ser niño. Perderse en la inocencia (esa que nos acerca a algún tipo de sustancia que llamamos divina). Jugar con las palabras y con lo que uno tenga a mano. Dejar que el cuerpo elija cuándo escribir y cuándo no hacerlo. Por eso adhiero al dictum de Monterroso, y lo reformulo: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Juega siempre”.
Marina Burana